Vulnerables

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En su libro “La sociedad del cansancio”, el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han señala que la humanidad se encuentra inmersa en una alienante cultura del rendimiento, de una positividad desbordante que nos empuja a creer que debemos poderlo todo, que debemos estar dispuestos en todo momento y, lo más peligroso: convertidos en nuestros propios tiranos, disfrazamos nuestra autoexplotación con matices de autorealización.
En la cultura del rendimiento, no hay lugar para la pausa, para la reflexión, para percibir nuestras propias fisuras, tensiones o debilidades, para parar la pelota, respirar profundo y hacernos a un lado, dejarla pasar por un rato. Ningún proceso que pueda reconocerse como “no productivo” tiene lugar.
De esta manera, la cultura del rendimiento niega la esencia misma de lo humano: su vulnerabilidad. Somos la especie sobre el planeta que más cuidados necesita al nacer y probablemente a lo largo de su vida, que más tiempo tarda en madurar y autovalerse, pero que adquiere en su desarrollo la mayor capacidad para crear y modificar su entorno y modificarse a sí misma. Y, sobre todo, con mayores capacidades para adaptarse y extraer sentido en circunstancias inimaginables.
La historia de la humanidad no es la historia de las grandes proezas, sino la invisibilizada historia de los cuidados. La necesidad de ser cobijados, apuntalados, motivados, reconocidos, contemplados, comprendidos, aceptados, nos atraviesa a todas y todos por igual. Pero, en algún momento, empezamos a negarlo. A negarnos nuestro derecho a ser… humanos.
Hasta que no nos reconciliemos con nuestro rasgo más distintivo que es la vulnerabilidad, difícilmente vamos a poder crear comunidades inclusivas. Porque, precisamente el otro, el distinto, el “necesitado” pone en evidencia los aspectos más negados de nosotros mismos, nos deschava en la mayor mentira… Y la mayor estafa.

Luis Martinez