Libros: Laiseca y Rivera

Unos días antes de Navidad, este terrible año se llevó a dos de los mejores escritores argentinos contemporáneos. Alberto Laiseca (nacido en Rosario en 1941) y Andrés Rivera (Nacido en Buenos Aires en 1928) no pueden ser más diferentes en sus estilos y temáticas, y, sin embargo, ambos son claramente escritores locales, con tonos y ciertas perspectivas que los hermanan pese a que ambos han abordado el arte de la literatura desde concepciones diferentes, al menos, en apariencia. Para cerrar el año, recomendamos dos novelas de cada uno de estos escritores a modo de humilde homenaje pero, también, con el fin de mantener su obra como algo a leer.

Matando enanos a garrotazos, de Alberto Laiseca

Libro de cuentos aparecido en 1982 y recopilado en la edición de la editorial Simurg de sus Cuentos completos, este libro bien demuestra el tono entre satírico y fantástico de toda la obra de Laiseca. Los relatos aquí reunidos parecen seguir cierta idea que Laiseca comparte con sus contemporáneos, como César Aira o Fogwill: escribir desde Borges pero para establecer una distancia con él, una suerte de revés de la trama en lo que corresponde a la literatura argentina y a su idea de tradición. Así, bordeamos lo fantástico pero sin abandonar la posibilidad de la risa y, sobre todo, de la oscura autorreferencia: en uno de los relatos, por ejemplo, dos escritores bastante mediocres llegan a la conclusión de que el mejor título que se le puede poner a un libro es, precisamente, “Matando enanos a garrotazos”.

Los sorias, de Alberto Laiseca

Si hay una novela mítica en la literatura argentina es, sin lugar a dudas, ésta. Los sorias apareció por primera vez en 1998 y costó casi veinte años de escritura. Con sus 1300 páginas, la novela nos presenta un mundo total, narrado por alguien que es víctima de una persecución, pero que no por eso deja de presentar a todo este Universo imaginario con un tono casi enciclopédico. Así, la historia comienza en una humilde pensión y se amplifica de repente a la reconstrucción de un ese mundo que produce en igual medida asombro y un poco de risa. ¿No es algo parecido a lo que podemos encontrar en el cuento de Borges “Tlön, Uqbar y Orbis Tertius”, quizás, con otro tono? Serán los valientes que se animen a leerlo –y, primero, a conseguirlo- los que podrán responder a esta pregunta.

El farmer, de Andrés Rivera

En las antípodas de la obra de Laiseca podemos muy bien colocar a Andrés Rivera. Mientras que Laiseca buscaba una tradición que tenía que ver con ciertas formas del fantástico y que se engarzaban en lógicas de escritura extranjeras, tanto europeas como norteamericanas, sin por eso perder el fervor local; Rivera no puede hacer otra cosa que escribir sobre la historia argentina, sobre sus supuestos “héroes”, desde un estilo medido y ascética, mínimo. El farmer, de 1996, recientemente llevada al teatro por Rodrigo de la Serna y Pompeyo Audivert, es una novela escrita en primera persona por un avejentado Juan Manuel de Rosas que, desde el exilio inglés, escribe cartas reclamando dinero y recordándoles a los que lo vencieron en la Batalla de Caseros que el poder no es algo que difiere según el signo político, sino una suerte de enfermedad y de terrible ventaja que ocupa al que lo detenta.

 

La revolución es un sueño eterno, de Andrés Rivera

Aparecida originalmente en 1987, esta novela es la obra definitiva de Rivera. En principio, por varias cuestiones: es el mejor ejemplo del estilo de este escritor, que siempre buscó escribir una historia sin que nada le sobre. En las escasas páginas de esta obra, parece que leemos más un poema que una novela: centrada en la figura de Juan José Castelli, el así llamado “Orador de Mayo”, Rivera cuenta desde un narrador en primera persona la terrible paradoja que sintetiza la historia de la patria al mostrar a un personaje herido espiritualmente por ser víctima de un cáncer de lengua que culminó en la extirpación de esta parte del cuerpo. Enjuiciado por el Primer Triunvirato debido a sus acciones, la voz de la Revolución queda condenada a un silencio que dice mucho de las figuras trágicas que devinieron en héroes de la historia local: lo dieron todo para quedar luego en la nada.

 

por Fernando Bogado (@letristefebo)