Correspondencias

Escribir una carta es una práctica que parece pasada de moda o presa de cierta lógica vintage. Sin embargo, aún existen personas que se envían cartas, que comunican algo sólo por correo o que disfrutan, sencillamente, de una demora a la cual el resto del mundo se ha desacostumbrado. En definitiva, recomendamos tres epistolarios para recordar cierta forma de la paciencia.
Cartas desde la cárcel, de Antonio Gramsci
Encarcelado desde finales de la década del ’20 por el gobierno fascista de Benito Mussolini, el fundador del Partido Comunista Italiano Antonio Gramsci pasó los últimos años de su vida encerrado en terribles condiciones que cumplían la sentencia exclamada por el juez: evitar que ese cerebro pienso por veinte años. Desde allí, no sólo escribió su obra fundamental y fragmentaria, los Cuadernos de la cárcel, sino que también escribió varias cartas a su esposa, a sus hijos y a sus compañeros del Partido, textos que también tienen una fuerte carga doctrinaria y son un espacio de reflexión fundamental para la labor de uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Se puede conseguir en internet en .pdf.
Cartas a Louise Colet, de Gustave Flaubert
Las cartas no son solamente un medio de comunicación, sino un encuentro del remitente con uno mismo, una especie de espejo que, como cualquier acto de escritura, habilita a la introspección, el desarrollo de ideas y el establecimiento de proyectos. Si un lector tiene ganas de entender el programa literario de Monsier Flaubert debe revisar la larga correspondencia con una de sus amantes, en donde determina un conjunto de conceptos que luego volcaría en diversas novelas. En una de sus cartas, por ejemplo, allá por 1852, comenta su plan de escribir un “libro sobre nada”, que resultó luego una de sus más maravillosas novelas, La educación sentimental, obra que versa sobre la vida de un personaje sin ningún tipo de gran drama, apenas una vida mediocre que es, en definitiva, una forma de la más absoluta falta de sentido.
Las cartas de la Ayahuasca, de Allen Ginsberg y William Burroughs
Los beatniks establecieron una forma de experimentación literaria y vital que consistía en entregarse a la vida, en cualquier de sus formas, buscando eso que el propio Ginsberg había definido como la santidad vital. Aquí, en estas cartas, Burroughs comenta la búsqueda que realiza del yagué o la ayahuasca en el medio del Amazonas con el fin de poder comentar luego las reacciones que tal consumo le produce. Lo mismo hace Ginsberg, contando en una larga misiva los diferentes tipos de efectos producidos por este trago religioso latinoamericano. Entre las cartas enviadas, ya se vislumbran ideas que luego aparecerían volcadas en novelas como El almuerzo desnudo, o inclusive se ponía en juego lo que los beatniks buscaban colocar sobre la mesa: una forma de vida más allá de los límites del conservadurismo burgués norteamericano.

por Fernando Bogado (@letristefebo en twitter e instagram)

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