Tres de Leonard Cohen

El reciente fallecimiento de Leonard Cohen ha tomado por sorpresa al ambiente musical y literario. Y es que este cantautor es un claro ejemplo de cómo el trabajo con la poesía, muchas veces, termina directamente en lo musical sin por eso perder fuerza, contundencia, gracia. Cohen era un poeta que transformaba lo mundano en un momento más de un paisaje metafísico, divino: ¿no es eso lo que define a un buen artista, digamos, aquel que pueda transformar lo cotidiano en algo que parece venir de otra parte? Recomendamos aquí tres libros de Leonard Cohen para recordarlo.
Comparemos mitologías (1956)
Este es el primer libro de poemas de Cohen, editado durante sus años en la Universidad McGill de Canadá como parte de la colección de poesía que el sello quería iniciar. Son 44 trabajos que fueron escritos, más que nada, durante su adolescencia. Él mismo ha reconocido que puso dinero de su bolsillo para cambiar las tapas de la edición que agotó 400 ejemplares, un número bastante impresionante para un libro de poesía de alguien, en ese momento, todavía desconocido. Lo interesante es que fue la salida de este trabajo el que le hizo ver que era necesario moverse a la música para poder llegar a más gente y ganar algo de plata que le permita sobrevivir: un verdadero encuentro con los problemas de la escritura y edición de poesía.
Flores para Hitler (1964)
Título polémico que, en algún sentido, le permitió alejarse un poco de la idea de un chico mimado por la academia canadiense. Cohen había conseguido éxito con su primer libro y con el segundo, La caja de las especias de la tierra (1961). En algún punto, muchos consideraban que la temática bíblica combinada con un modo particular de leer lo cotidiano hacían el centro de la escritura de un autor que empezaba a ser reconocido. Con este trabajo, Cohen patea el tablero y se gana un nombre, también, como un escritor polémico que busca, también, la incomodidad.
Hermosos perdedores (1966)
Segunda novela de Cohen, posterior a El juego favorito (1963), ambas con un estilo por demás experimental que ha llevado a la crítica a emparentarlo con James Joyce y con William Burroughs. Y es que, casi en la misma línea que la mítica novela de Bob Dylan, Tarantula, no importa tanto el argumento, lo que se cuenta en el texto, sino más bien la dimensión de ensayo y error del lenguaje, donde el significado constituye la última preocupación. O mejor: el significado no es algo previo, no hay una historia que contar, sino una historia por producir. El lenguaje, en este libro, se convierte en una especie de material con el que se crean sentidos inesperados. ¿Será que Cohen nunca, ni siquiera cuando escribió novelas, dejó de ser un poeta?

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