Tres saltitos a Cortázar

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Era inevitable hablar de él. No sólo porque es uno de los escritores más representativos y trascendentes de la literatura nacional, sino también porque ayer se han cumplido cien años de su nacimiento, allá por Bruselas en 1914. La obra de Cortázar tardó en arrancar: su primer libro publicado con cierta circulación fue un poema dramático aparecido en 1949 llamado Los reyes, que trabajaba sobre le mito del Minotauro y llevaba el nombre del seudónimo con el que Cortázar arrancaría su vida como escritor: Julio Denis. De ese Julio al de las obras más reconocidas, al de la vida en París, al del Boom, al leído por todos en la secundaria, al recordado ayer por el centenerio de su llegada a la tierra, lo distancian algunas obras, y nosotros aquí recordamos tres, como saltitos en de una rayuela que, humildemente, dibujamos hoy en el aire.

“Casa tomada”, del libro Bestiario (1951): Uno de los relatos obligatorios para ingresar en la literatura de Cortázar. Con el tiempo, pasó a convertirse en un clásico académico y escolar para leer en él dos cosas: su particular visión de la literatura fantástica y su ubicación política. Con respecto a lo fantástico, el cuento relata la invasión progresiva de una casa habitada sólo por dos hermanos solterones que, lentamente, tienen que ir dejando y abandonando cuartos por temor a estas voces que no pueden identificar. Las claves del fantástico cortazariano están ahí: algo que no se sabe bien qué es pero que avanza, que sigue funcionando en las sombras, y una prosa exacta que mantiene el desconcierto con respecto a lo que sucede. La lectura política encuentra en este trabajo la perspectiva particular del autor con respecto al peronismo, una fuerza que, según él, se estaba apoderando de todo. Publicado originalmente en una revista dirigida por Jorge Luis Borges, el relato sorprendió al otro nombre infaltable en las letras argentinas y siempre fue motivo de orgullo de Borges saber que fue el responsable de publicar y dar a conocer el cuento de su par.

“El perseguidor”, del libro Las armas secretas (1959): Sin lugar a dudas, este texto es un antes y un después dentro de la obra de Cortázar. Sumido en el mundo de la bohemia musical, el narrador cuenta los días de Johnny Carter, un saxofonista que emula al mítico músico de jazz Charlie Parker, perdido en una París que parece más escenario de sueños antes que arquitectura de lo real. Muchos críticos alegan que en este cuento se encuentra el tono que luego de repetiría en Rayuela, sobre todo, en la mitad dedicada a retratar los días en París del protagonista, Oliveira. Pero, claro, hay algo más: hay una forma particular que tiene el cuento de ir sumiendo al lector en los vapores y humos de la música desencajada de Carter-Parker, en el juego libre de su ejecución instrumental, una suerte de apertura a lo que después será, efectivamente, la libre (o exacta) improvisación de la obra por venir.

Rayuela (1963): Hay poco que agregar con respecto a esta novela. En principio, pocos son las que la desconocen, y aquellos que no la han leído, algo se están perdiendo de la literatura occidental, así de lapidario el juicio. Rayuela narra los días de Horacio Oliveira, un tipo medio perdido que coquetea con el arte, en líneas generales, y con la jazzera y existencialista bohemia de París. Un hombre que también se enamora, en este caso, de La Maga, una chica uruguaya que cuida a su niño, Rocamadour. Pero esa es sola la primera mitad: la segunda sigue a Oliveira de nuevo en Buenos Aires, hospedado ahora por un amigo, Traveler, y enamorado, ahora, de la esposa de su amigo, Talita. El libro es un ida y vuelta entre París y Buenos Aires, es la descripción de un hombre perdido que vive entre dos extremos sin estrictamente quedarse en ninguno de ellos, pero es también una historia de innumerables lecturas: la propia estructura del texto va pasando de capítulo a capítulo sin seguir un orden lineal, pasando del 2 al 116, o del 142 al 34… Se puede leer todo de corrido, se puede leer siguiendo el orden que Cortázar plantea en la guía que abre el libro o se puede leer como uno quiera, Rayuela es, verdaderamente, un juego literario.

por Fernando Bogado (@letristefebo / www.fernandobogado.com)