Una historia de no creer en Albania

Del siglo XV a la fecha, algunas tribus rurales de los Balcanes continúan rigiendo su realidad en base a las arcaicas leyes del Kanun que, entre otras cosas, considera a las mujeres como propiedad de los maridos y les prohíbe que voten, manejen, ganen dinero y usen pantalones. Hay, sin embargo, una opción para señoras y señoritas que quieran evitar una vida de sumisión y servidumbre: convertirse en una burnesha o “virgen jurada”. ¿Cuál es la descripción del trato? Pues, a cambio de ser tratadas con el respeto y las libertades propias de los hombres y acceder a las mismas oportunidades, ellas deben convertirse en hombres; es decir, cambiar su ropa por un look varonil, cortar sus cabellos, llevar otro nombre y adoptar modismos masculinos. En muchos casos se les solicita la transformación: una familia sin un hombre es considerada paria y, conversión mediante, estas mujeres pretenden preservar el honor, aun cuando incluya un tremendo sacrificio final. Porque volverse un hombre incluye, para ellas, tomar el voto de celibato. Tal como suena: jurar frente a su tribu que serán vírgenes hasta el día de su muerte y, en efecto, concretarlo, amén de llevar una vida “igualitaria”. De cara a este fenómeno, la fotógrafa Jill Peters –norteamericana que reparte sus horas entre Miami y Nueva York– se tomó el buque a Albania para conocer al manojo de burneshas que sigue adoptando esta tradición y las retrató en una serie insólita que tituló Las vírgenes juradas de Albania. Contabilizó unas treinta, la mayoría residentes de pequeñísimos pueblos, orgullosas ellas de su elección, su honor, su dignidad.

 

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